domingo, 10 de febrero de 2008

VIAJE A VALENCIA. DÍA SEGUNDO

A pesar del cansancio, a lo largo de la noche me desperté sobresaltado unas cuantas veces, aún no había desconectado del viaje y tenía la impresión de que me iba a pasar mi destino.

Cuando al fin llegó el día, no había descansado todo lo que me hubiera gustado. Sin desayunar, por no tener tiempo, salimos del albergue en dirección a la zona de las facultades (cerca del estadio de Mestalla). Cuando franqueamos la puerta, pudimos comprobar que la luz del día cambiaba el mundo nocturno y los zombis se refugiaron de la luz solar como orcos, cual vampiros. Gracias al mapa regalado por el albergue, descubrimos una calle que daba a una general y que evitaba las zonas conflictivas por las que habíamos pasado la noche anterior. Llegamos a una boca de metro y nos dispusimos a tomar el que nos llevara a nuestro destino. Nos resultó curioso que por la misma vía pudieran llegar dos líneas distintas. Menos mal que nos dimos cuenta, pues podríamos haber ido a otra parte de la ciudad. De pronto, el andén se llenó de una multitud; se notaba que era la hora punta. Tocaba ir como sardinas en lata.

El congreso se celebraba en tres facultades distintas, por ello tuvimos que buscar dónde se encontraba la entrega de documentación. Allí nos topamos con conocidos que hacía tiempo que no veíamos. Recogimos la cartera que contenía dicha documentación y marchamos a la búsqueda del salón donde mi compañero tenía que romper el fuego con su comunicación: a él le tocaba ser el primero del día –junto a otros en los distintos salones- Después de unos momentos de confusión, logramos llegar al lugar indicado. Y con un pequeño retraso, dio comienzo la sesión. Lo curioso de dicha sesión fue el presidente de mesa, todo un espectáculo y no menos sorprendentes sus preguntas a los comunicantes en el turno de cuestiones. Hay mucha gente rara suelta por el mundo.

En uno de los descansos acudimos a la cafetería de la facultad donde nos encontrábamos para poder acallar nuestros pobres estómagos, que protestaban por el ayuno forzoso mantenido.

En la siguiente sesión nos hallamos con dos chavales de Cáceres con los que hicimos piña. Les habíamos conocido en un congreso anterior gracias a una amiga común.

No fue la única incorporación al grupo. Mientras tomábamos un refrigerio antes de ir a comer, se nos unió un chico procedente de Alicante que había acudido solo al congreso y que mi amigo, Enrique, y yo habíamos conocido en la sala donde mi compañero había presentado su comunicación. Allí departimos, nos echamos unas risas y entre tras posibilidades, elegimos una para ir a comer.

Hacía calor en la cafetería correspondiente a la Facultad de Historia. De entre los platos del menú, los cuatro foráneos pedimos paella. No era de recibo ir a Valencia y no probar la paella. Por desgracia, aquella paella no estaba en su punto y alguien no versado en las excelencias culinarias valencianas, podría generalizar e ir pregonando a los cuatro vientos que en Valencia se preparan malas paellas.

El segundo plato mío, tampoco es que fuera una excelencia. Era curioso que la comida fuera inodora y casi insípida. Lo único bueno del menú fue el postre.

La sobremesa se pasó pronto. Acudimos a la siguiente ronda de conferencias. Finalizadas, teníamos que trasladarnos hasta la Universidad donde se iba a celebrar el acto de apertura. Incongruente era este hecho cuando el congreso había finalizado ya su primera jornada.

Nos juntamos un grupo y partimos a la búsqueda del lugar, guiándonos por un mapa, que precisamente no suelen ser muy fieles. A pesar de los impedimentos, llegamos al lugar del acto puntuales. Accedimos a un patio porticado. En él una serie de camareros preparaban unas mesas. Presuponíamos que nos iban a agasajar con un vino español como es habitual en dichas inauguraciones, cosa que era de agradecer. Penetramos en la sala correspondiente, muy bonita, con obras de arte interesantes –además de retratos-. El protocolo de intervenciones se cumplió, cantando por último el coro universitario el famoso Gaudeamus igitur.

Con ganas de saciar el apetito, salimos de nuevo al patio, mas no pudimos cumplir dicho propósito. Sobre la mesa había simplemente dos posibilidades: copa con zumo de naranja –muy propio de la tierra valenciana- o una copa de cava. Al menos pudimos saciar algo la sed, pero protestando nuestros estómagos, una vez más, por no ofrecerles algo sólido, nuestros dos amigos extremeños y los dos vallisoletanos nos fuimos de allí. Tras un momento de debate, decidimos cenar a base de tapas. Y donde más nos gustó, nos sentamos en una terraza y solicitamos diferentes tapas, dejándonos aconsejar por el camarero. No muy lejos de allí había una familia de extranjeros, con pinta de estadounidenses, que devoraban la comida de una forma brutal, sin compostura, en los límites de la mala educación. Su avidez denotaba que su paladar no estaba acostumbrado a una buena cocina.

Como uno de nuestros compañeros se iba al día siguiente después de exponer su comunicación –nos tocaba dentro del mismo bloque-, lo acompañamos a coger un billete de tren. Ya en la estación descubrimos que no quedaban números y había que esperar la benevolencia de los taquilleros, algo que era muy dudoso por las caras que ponían cuando llegaba un nuevo cliente. Probó suerte en una máquina dispensadora; no funcionaba. En la otra tuvo más suerte y consiguió el preciado billete, no sin antes pelearse con el sistema informático. Una señora que quiso sacar también su billete no tuvo tanta fortuna; la máquina se había declarado en huelga, ya había trabajado suficiente por aquel día.

Paseamos por la ciudad un rato y después nos despedimos. Nuestros alojamientos se encontraban en puntos opuestos. En el camino de regreso a nuestro albergue pudimos percatarnos de que la ciudad se sumía en el silencio y tanto gente como vehículos desparecían.

No queriendo repetir la experiencia del primer día, tomamos el camino matutino. El silencio imponía respeto, pero más lo desconocido que en cualquier momento podía surgir. En la plazoleta los zombis daban vueltas sin sentido, algunas veces en círculo. Entramos en el albergue dando las buenas noches a la recepcionista. Confiados en que no había nadie más en la habitación al no habernos avisado.

Entramos despreocupados y al mismo tiempo que me tropezaba con algo, mi compañero encendía la luz. Unos gruñidos salieron de las literas. En las camas superiores teníamos dos valkirias germanas roncantes, que habían llenado todo el suelo de objetos, difíciles de eludir en la penumbra al haber apagado la luz para no molestar.

Para charlar un rato, picar unas chucherías y repasar yo mi comunicación, nos bajamos a un salón que estaba completamente vacío.

Antes de volver a la habitación, pasé por el servicio. Había un gran alboroto en aquella planta por parte de un grupo de españoles. Al ir a acceder al lavabo de chicos, me topé con tres chicas, que en seguida se apresuraron a decir que no me había equivocado y que ellas eran las invasoras.

-Yo en realidad tengo pene –saltó la que parecía la graciosa del grupo.

A lo que contesté:

-Me parece muy bien.

-Más quisieras tú –le contestó un compañero.

Después de este momento surrealista, retorné a la habitación, nuestras compañeras seguían roncando. Al día siguiente descubriríamos una botella de ginebra en la papelera. Era aquel otro momento peliculero en que las doncellas se encontrarían ávidas de sexo e intentarían violar a sus dos pobres compañeros. Ficción. La realidad eran dos voluminosas valkirias que dormían a pierna suelta. Y roncaban.

Para más colmo, una tabla del somier de la cama de encima de mí estaba rota y había una posibilidad que sobre mí cayera la muchacha germana. ¡Que llegara pronto el día!

7 comentarios:

Minerva dijo...

Querido amigo:

No abandones nunca tus sueños. Podrás alcanzar en esta vida lo que te propongas.

Diego Vicente Sobradillo dijo...

Un saludo Minerva gracias por tu comntario y por ese deseo tan bonito.
Espero que a ti también se te cumplan tus sueños.

Anónimo dijo...

¿Por qué no haces una crónica sobre el debate entre ZP y Rajoy? Sería interesante. En el pasado debate salieron a relucir varias veces las becas.

Diego Vicente Sobradillo dijo...

No creo que esta noche pueda ver el debate, me encuentro preparando y organizando actos de Semana Santa que consumen mucho tiempo y que no me dejan tiempo libre para escribir.
lo que sí que puedo decir es que Zp exageró porque no hay tantas becas como señala, o más bien, tendría que matizar qué clases de becas, porque no todas son iguales.

Un saludo.

Esther dijo...

je je je
en un sitio como ese,si hubieras cumplido tu fantasía te habrías llevado un buen lote de ladillas.. fijo
cuídate

Anónimo dijo...

Me ha gustado lo de las "docellas ávidas de sexo" que después eran valkirias. Muy quijotesco.

Rafa

Diego Vicente Sobradillo dijo...

Un saludo Rafa y me alegro de que te haya gustado.

Ahora sí que mi vida es un caos de aquí para allá en Semana Santa. A ver si después puedo actualizar.